Le escribes a una máquina más que a mucha gente.

Cubierta de La respuesta oculta: un hombre de espaldas, en pie sobre una roca, contempla un mar de nubes al amanecer, cruzado por hilos de luz que unen pequeños símbolos. La escena evoca el Caminante sobre el mar de nubes de Friedrich.

«El genio de la lámpara te concederá tus deseos, pero has de pedírselos bien.»

Víctor Amat, del prólogo

Escribes una pregunta, llega una respuesta que encaja, sigues adelante. Este libro va de todo lo que dijiste de ti al escribir la pregunta.

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Las cuatro claves del epílogo están publicadas enteras.

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Si la IA respondiera mal se notaría enseguida: dudarías, contrastarías, buscarías en otra parte. El problema es que no responde mal. Lo que llega está bien escrito, bien ordenado y dicho en un tono tranquilo, y a un texto así nadie le pide el carné. Aristóteles ya había separado lo verosímil de lo verdadero, y lo verosímil es exactamente lo que una máquina de lenguaje sabe fabricar: no lo que ocurre, sino lo que suele ocurrir, lo que encaja.

Y ahí es donde se cede terreno sin enterarse. No la tarea: la tarea se delega a propósito y muchas veces está bien delegada. Lo que se cede son los segundos de antes, los de decidir qué quieres de verdad, para quién, con qué límites y cómo sabrás si lo que recibes te sirve. Ese trabajo no desaparece porque no lo hagas. Lo hace la máquina en tu lugar, con lo poco que le diste, y te devuelve un resultado que parece tuyo. De ahí el título.

Escribimos buscando respuestas, y lo que está oculto es que parte de la respuesta ya está en la forma en que preguntamos.

No es un libro sobre la inteligencia artificial. Es un libro sobre un gesto tuyo —escribir una instrucción y darle a enviar— mirado con herramientas que llevan siglos afilándose. Sócrates entra para recordar que decir «no lo sé» fue alguna vez una forma exigente de saber y no una carencia. Wittgenstein, para mostrar que las palabras funcionan dentro de un juego con reglas y se estropean cuando se las saca de él, que es lo que pasa cuando alguien le pide a un sistema de cálculo que le diga si su relación tiene arreglo. Arendt, porque aparecer con claridad ante los demás es lo que sostiene un mundo común, y una instrucción escrita a solas frente a una pantalla también es una manera de aparecer. Hay más nombres y cada uno viene a hacer un trabajo; ninguno está para adornar un argumento que ya estuviera cerrado.

Después de cada capítulo hay un laboratorio, que se hace con tu propio trabajo y con la máquina delante. Los métodos llevan nombre —RECREAF, el MVI-P, el prompt espejo, C.L.A.R.O., el Test del Límite del No Sé—, y no por manía de bautizar cosas. Un método que no se puede nombrar no se recuerda a la semana siguiente, y esto no es un libro solamente para subrayar.

Está escrito para quien usa esto todos los días y no se dedica a esto. No hace falta saber nada técnico para leerlo y no hay una sola línea de código. Hace falta, eso sí, alguna disposición a mirar cómo escribes cuando no te ve nadie, que es donde el libro aprieta.

No es un manual de prompts. Hay ejercicios y hay métodos, y funcionan, pero están puestos al servicio de otra cosa: no de que la máquina te obedezca mejor, sino de que sepas qué le estabas pidiendo y aprendas entonces a usar mejor la IA. Por eso tampoco es un libro que venga a pedirte que dejes de usarla. Ni el entusiasmo ni el pánico sirven de mucho aquí, porque los dos son maneras cómodas de no mirar lo que está pasando.

El prólogo lo firma mi amigo Víctor Amat, el psicólogo punk, que lo abrió temiendo encontrarse justo eso, un manual de tecnofilia.

El libro no te pide que estés de acuerdo con él. Te pide que la próxima vez te detengas un segundo antes de darle a enviar.

Los cinco capítulos

  1. «Promptar es pensar: la máquina no piensa, te obliga a hacerlo»

    Qué ocurre en ti antes de pedir algo: qué quieres, desde dónde lo pides y cómo sabrás si te lo han dado.

  2. «El lenguaje piensa por ti (aunque no quieras)»

    Tus instrucciones no dicen solo lo que quieres. Dicen cómo piensas, también cuando preferirías no enseñarlo.

  3. «La claridad es una forma de amor»

    Por qué ser preciso no tiene nada de frío, y en qué se parece la claridad a una manera de cuidar.

  4. «El sesgo invisible: la máquina y el yo»

    El sesgo no está solo en quien entrena la máquina. Viaja en las categorías con las que ordenas el mundo.

  5. «El arte de no saber: la ética final del prompting y la filosofía 5.0»

    Cuándo conviene no preguntar, y por qué decir «no lo sé» sigue siendo una forma de pensar.

Un fragmento

La IA, al no compartir tu contexto ni tus sobreentendidos, evidencia aquello que tú dabas por obvio. A veces es tan simple como pedir algo en un supermercado: tú dices «quiero la leche normal», y el dependiente, que ya te conoce, sabe exactamente cuál es. Pero imagina que ese día el dependiente de confianza no está y te atiende un desconocido. Entonces, inevitablemente, tendrá que preguntarte: «¿entera, semi, sin lactosa?». La IA es ese desconocido educado que no sabe nada de ti al principio. Y, como no sabe nada, tu lenguaje lo es todo.

Capítulo 2

Ficha del libro

Subtítulo
Cómo preguntar a la inteligencia artificial sin dejar de pensar
Prólogo
Víctor Amat
Editorial
Universo de Letras, la marca de autopublicación de Editorial Planeta
ISBN
979-13-88424-32-8
Formatos
Papel y digital
Fecha de publicación
Próximamente

Mientras tanto, escribo aquí.

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