No llegué hasta aquí en línea recta.

Retrato de Carlos Girón en acuarela: con gafas y chaqueta oscura, la mano apoyada en la barbilla, entre salpicaduras y trazos azules.

Escucho a personas y escribo sobre lo que les preguntamos a las máquinas. No empecé haciendo ninguna de las dos cosas.

Cuando tuve que elegir, me gustaban el derecho, la psicología y la comunicación, y no era capaz de decidirme. Fue Citlali, maestra y amiga, quien me señaló lo que había debajo de las tres: el pensamiento que las hace posibles, la reflexión de la que nacen. Eso ya tenía nombre. No me estaba proponiendo una vocación nueva, me estaba diciendo cómo se llamaba la que ya tenía, y desde entonces no he encontrado nada que me apasione más. Lo que vino después fue la versión larga de esa misma pregunta: por qué pensamos lo que pensamos. De aquellos años me quedó además una costumbre que no he perdido. Cuando alguien afirma algo con mucha seguridad, lo primero que quiero saber no es si tiene razón, sino desde dónde lo está diciendo.

Después vino la docencia, en la Universidad Michoacana, y con ella un problema que no esperaba: enseñar sin domesticar es mucho más difícil de lo que suena. Un profesor tiene siempre a mano el atajo de dar tan bien la clase que el alumno salga repitiéndole. Se nota poco, funciona muy bien y es exactamente lo contrario de lo que uno dice que quiere. Crucé el Atlántico detrás de una tesis y acabé, sin habérmelo propuesto, acompañando a líderes y equipos que querían cambiar sin perderse. En una multinacional vi el mismo problema a tamaño industrial: las paredes llenas de mensajes motivacionales en inglés, muy a la americana, y un ambiente que no se parecía en nada a lo que decían esas paredes. Nadie mentía. Lo que estaba escrito y lo que ocurría allí dentro eran dos conversaciones distintas que no se hablaban entre sí. Aquello me dejó una pregunta que ya no se me fue: ¿cómo se sostiene lo humano en medio de tanto ruido?

La consulta llegó por esa pregunta y no por vocación clínica. Sentarme enfrente de alguien a averiguar qué está diciendo en realidad era el trabajo que llevaba haciendo desde el principio, sin el amparo de la teoría y sin saber cómo se llamaba. La terapia sistémica le puso nombre y método: lo que le ocurre a una persona rara vez está solo dentro de ella, suele estar en la trama de relaciones que la sostiene, y por eso a veces algo se mueve cuando se toca un hilo que nadie había señalado. Lo que más me costó aprender no fue ninguna técnica. Fue el silencio. Cuando alguien dice por fin algo verdadero, hace falta un rato para que eso encuentre su sitio, y ese rato no es tiempo muerto: es lo que permite que quien habla siga con más elementos y mejores de los que traía al empezar la frase. Se nota hasta en el cuerpo. Después de un silencio así, en la sala se respira distinto. Hoy atiendo a un lado y a otro del Atlántico.

Así trabajo →

A la inteligencia artificial no llegué por mis conversaciones con ella, sino por las de otros. Empecé a oír, cada vez más a menudo, a gente contándome cómo la usaba: lo que le pedía, lo que le devolvía, por qué terminaba discutiendo con un programa. Y no era una persona ni dos. Lo que describían no tenía forma de problema técnico. Tenía la forma de un problema de relación, que es una forma que reconozco enseguida porque es la que tengo delante todos los días en la consulta.

Querer usar ChatGPT como se usaba Google es como querer que tu pareja haga de tu madre. Puede que sepa hacerlo. Puede incluso que le salga bien un par de veces. Pero algo se tuerce, y lo que se tuerce no es la tarea.

Cuando quise entender qué era ese algo, no tuve que ir muy lejos. En 1967, en Pragmatics of Human Communication, Paul Watzlawick y su equipo —los de Palo Alto, una de las líneas de las que viene la terapia sistémica que practico— pusieron por escrito lo que yo ya estaba viendo sin saber nombrarlo: toda comunicación dice dos cosas a la vez, una sobre el asunto del que se habla y otra sobre la relación entre quienes hablan. Y la segunda manda sobre la primera.

Con una máquina que responde en nuestro idioma pasa igual. Cada instrucción que escribes define quién eres tú en esa conversación y quién le estás pidiendo a ella que sea: un oráculo, un becario, un buscador, un profesor severo. Escribas lo que escribas, los papeles se reparten, y si no los repartes tú los reparte el lenguaje por su cuenta. Por eso la pareja no puede hacer de madre. No es que no sepa: es que para hacerlo tendría que ocupar un sitio que no es el suyo, y quien se lo pide tampoco se da cuenta del sitio en el que se está poniendo él. Con Google no había este problema, porque a un índice no se le asigna ningún papel. Ahora sí lo hay.

De ahí salió el libro, y de ahí salen los artículos que publico aquí.

La respuesta oculta → · Segunda persona →

También trabajo con organizaciones que están adoptando inteligencia artificial, aunque eso no se contrata aquí: lo hago en Sapinn. No me dedico a estar a favor ni en contra de la inteligencia artificial. Me dedico a analizar cómo trabaja un equipo y a formar a las personas que van a usarla. No escribo sobre esto desde fuera. Escribo desde dentro de las salas donde se está adoptando, y ahí el asunto deja de ser una opinión.

Por lo demás, soy doctor en Humanidades por la Universitat Pompeu Fabra, con una tesis sobre la filosofía del límite de Eugenio Trías; he escrito también sobre Schelling y Heidegger, y me formé en terapia breve, estratégica y sistémica.

Visto de lejos parece un desvío detrás de otro. Visto de cerca es la misma pregunta cambiando de sitio.

Lo que viene después de esto ya no es un texto. Es una conversación.

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