Quizá te ha pasado alguna vez que cuentas la misma anécdota por décima vez y, a mitad de camino, notas que ya no es del todo la misma. La discusión que la protagoniza termina ahora con una frase mejor que la que de verdad dijiste, y la pausa antes del desenlace ha encontrado su sitio exacto, como si el relato hubiera aprendido solo a respirar donde hace falta. Nadie en ese cómodo y familiar auditorio de sobremesa te pide pruebas. Tampoco sentirías que mientes si alguien te las pidiera: lo que cuentas pasó, aunque no pasara exactamente así. Cuando eres dueño del relato puedes darte ciertas licencias poéticas. Así, entre lo que ocurrió y lo que dices que ocurrió se va abriendo un pequeño hueco, y en ese hueco, sin que nadie lo decidiera, ha empezado a vivir la ficción.
Javier Marías dedicó un libro entero a ese hueco. Lo escribió después de que muchos lectores tomaran Todas las almas, su novela de Oxford, por una autobiografía apenas disfrazada: él había vivido en Oxford los mismos años que su narrador, y eso bastó para que el resto pareciera confesión. Negra espalda del tiempo empieza con una frase que es a la vez defensa y advertencia: «Creo no haber confundido todavía nunca la ficción con la realidad, aunque sí las he mezclado en más de una ocasión como todo el mundo, no sólo los novelistas, no sólo los escritores sino cuantos han relatado algo desde que empezó nuestro conocido tiempo […]»1. Me quedo con dos verbos: mezclar y confundir. La distancia entre ellos es lo que quiero pensar aquí, porque me parece que hoy se ha vuelto más urgente que cuando Marías la describió casi sin querer queriendo, como diría el buen Chespirito.
Hace doce años escribí sobre esto en un blog que ya no existe. Había leído a Marías y, en noviembre de 2011, lo había escuchado hablar en un encuentro literario de la Universitat Pompeu Fabra. Aquel texto separaba con bastante calma dos oficios: el de quien cuenta lo que le pasó, atado al hecho, y el del novelista, que se suelta de él para contar lo que podría haber pasado. Del novelista escribí entonces que novelar es una acción de sobrevuelo: nos sabemos suspendidos en el aire, pero seguimos viendo el mundo desde la ventanilla. Me sigue gustando la imagen. Y el texto terminaba proponiendo, casi como una aventura, pensar el mundo sin ese punto de apoyo siempre seguro y confiable de lo real. Releyendo a Marías encuentro que él había llegado más lejos que yo en las mismas páginas que estaba citando. Para él aquello no era una aventura, sino más bien una condición. No es solo el novelista quien despega. «La lengua no puede reproducir los hechos ni por lo tanto debería intentarlo», escribe, y la desconfianza alcanza a cualquier palabra, que «es en sí misma metafórica y por ello imprecisa». Basta, dice, con que alguien introduzca un «como si» en su relato, con que cuente que otro «se puso hecho una furia», «para que la ficción se deslice en la narración de lo sucedido y lo altere o falsee»2. La anécdota contada entre los amigos de sobremesa también iba en avión.
La lengua se queda sola
Hoy releo esas páginas con una máquina abierta en otra pestaña y la frase de Marías cambia de peso. En estos días trabajamos con la inteligencia artificial en lenguaje natural, y de él lo heredamos todo, también lo que Marías le reprochaba. Hay un detalle en su párrafo que me parece especialmente fino: esas expresiones por las que se cuela la ficción pertenecen, dice, «a la lengua más que al hablante que elige»3. En nosotros, ese adorno involuntario es un residuo, algo que se nos escapa mientras intentamos decir lo que pasó. En un sistema hecho de lengua, entrenado para continuarla de la forma más probable (lo desarrollo con más calma en La respuesta oculta), no hay ningún hablante que elija. Queda la lengua sola, con su metáfora y su adorno, sin nadie detrás que pueda decir, como Marías, que mezcla pero no confunde. Lo que llamamos alucinación no es, visto así, un defecto que la máquina le añade al lenguaje. Es en realidad el defecto del lenguaje cuando se queda solo, sin nadie detrás para sostenerle, para ponerle freno a ese libre vuelo al que siempre tiende.
Y luego estamos nosotros, que tampoco ayudamos mucho. Piensa en cuántas conversaciones con una IA empiezan con «actúa como un experto en…». Es el «como si» de Marías puesto en la primera línea y firmado por nosotros mismos: le pedimos a la máquina que interprete un papel y, unas líneas más abajo, le exigimos lo que solo se le exige a un testigo. El pacto de ficción existe; lo firmamos y lo olvidamos en el mismo gesto. Soy consciente de que ese «como si» funciona, de que pedirle a la máquina un marco o un registro suele mejorar lo que devuelve, y no veo nada de malo en usarlo. La ficción es productiva. Lo que se pierde por el camino es la ventanilla y, peor aún, el mundo al que mirábamos desde ella. De pronto dejamos de saber que estamos en el aire y comenzamos a evaluar las respuestas justo como si el personaje que pedimos fuera real, víctimas de nuestra propia ficción. En otras palabras, pedimos a un actor que haga de testigo y luego llevamos su declaración a un juicio de verdad, como si tuviera un peso real fuera de esa burbuja de la representación.
Aquí el razonamiento tiene una pendiente, y mejor verla antes de resbalar por ella. Si toda narración altera lo que cuenta, si hasta el testigo mezcla, ¿qué distingue la alucinación de una máquina del testimonio de una persona? Llevada al extremo, la idea desemboca en esa frase de Nietzsche que circula como consigna4. Es la que dice que no hay hechos, solo interpretaciones, y con ella cualquier relato valdría lo mismo que cualquier otro. Creo que ahí se confunden dos cosas que hay que separar con cuidado. Una es que todo acceso a lo real pase por una interpretación. Otra, muy distinta, que no haya nada real que interpretar. Mientras escribo esto tengo delante el teclado de mi ordenador, y puedo describirlo de mil maneras, con todo el adorno involuntario que Marías quiera; lo que no puedo es afirmar que no hay teclado y seguir llamando a eso interpretación. A partir de cierto punto la duda deja de ser método y se vuelve delirio. Y es curioso que la palabra que usamos para el error de la máquina sea la misma que usamos para ese extremo humano: quien niega el teclado que tiene delante no interpreta, alucina. Hablé más a detalle de esta idea en otro texto. Aquí nos centraremos en otra rama del mismo problema.
Paul Ricoeur pensó el testimonio desde un lugar que me ayuda a salir de esa pendiente. Si no leo mal al filósofo francés, para él el valor de un testimonio no descansa solo en la exactitud del relato, que nunca es completa. Descansa también en que alguien se pone detrás de él: dice que estaba allí, se dirige a otro que puede creerle o no, y acepta que lo contrasten con lo que cuenten otros. Y no se hace ilusiones sobre la línea que separa lo vivido de lo inventado: se suele suponer, escribe, «que la factualidad atestiguada marca una frontera clara entre realidad y ficción», pero la fenomenología de la memoria nos enfrenta «con el carácter siempre problemático de esta frontera»5. El testimonio mezcla, como todo relato, pero tiene a alguien que responde por él. La máquina puede imitar la voz del testigo con una soltura asombrosa, y aun así nadie estuvo allí y nadie va a responder por lo que dice. Por eso me parece que la responsabilidad vuelve a quien pregunta. Pero no quiero que esto suene más resuelto de lo que está. Que alguien responda por lo que dice no le convierte todavía en una piedra de toque, en ese punto último y seguro donde comprobarlo todo. Responder no es, todavía, tocar fondo.
La aventura de cavar hasta China
Hay cosas en las que ese fondo existe, o casi. El teclado está ahí, puedo tocarlo, y la conversación sobre él termina pronto. Pero buena parte de lo que de verdad nos importa no tiene esa clase de sustento: qué pasó en una relación, por qué alguien tomó una decisión, qué quiere decir un texto, si un argumento es justo. Ahí buscar el fondo se parece a cavar en el jardín con la idea de llegar a China. Siempre se puede seguir cavando, y llega un momento en que seguir deja de ser rigor para convertirse en la forma más refinada de locura, a saber, la búsqueda perpetua de algo que no se va a encontrar porque no tiene el mismo tipo de suelo que el teclado. Wittgenstein pensó algo muy parecido con una imagen hermana de esta. En las Investigaciones filosóficas describe el momento en que se agotan las justificaciones: «Si he agotado los fundamentos, he llegado a roca dura y mi pala se retuerce. Estoy entonces inclinado a decir: “Así simplemente es como actúo”»6. Me gusta imaginarlo, y esta licencia poética es mía, como quien descubre ante lo inevitable lo que quizá muchos le habían advertido antes. Lo que encuentra no es un hecho último, sino que al final del túnel hay una práctica, precisamente la que nos ha llevado hasta ese punto.
De ahí saco lo que quería decir desde el principio. Cuando no hay fondo, lo que hay es una decisión de dónde dejar de cavar, y esa decisión es el criterio. La verdad no se decide, lo que sí se decide es dónde termina la búsqueda, y quien la termina responde por ese corte. Ese es para mí el lugar de la responsabilidad. No la pienso como un adorno moral que se añade al final, no. La pienso como el criterio mismo con el que cerramos lo que no puede cerrarse solo. Wittgenstein añade un matiz que no quiero esquivar, porque me corrige. Ese «así simplemente es como actúo» no lo inventa cada uno en soledad: se apoya en una práctica compartida, en lo que él llamaba una forma de vida7, en que otros, antes y alrededor, cavan de un modo parecido y se detienen en lugares parecidos. El acto de cavar hasta topar con piedra no surge de manera espontánea, precisamente porque tiene sentido en un espacio común y compartido. El individuo decide dónde cortar, pero corta dentro de un mundo que no inventó solo, y por eso su corte puede discutirse, contrastarse, devolverse. Es otra vez el testigo de Ricoeur, que nunca habla en el vacío y en soledad. Y toda decisión así implica una renuncia: aceptar que, en lo que de verdad importa, no tendremos un fondo como el del teclado que puedo tocar y mostrar a los demás como prueba de lo que digo.
Vuelvo a la amena charla de sobremesa. La anécdota pulida no es una mentira, y quien la cuenta sabe, si se le pregunta, dónde termina lo que pasó y dónde empieza lo que añadió. Mezcla, pero no confunde, porque sabe que va en el aire, mirando desde la ventanilla la inmensidad del mundo real. Eso es lo que le pediría hoy a cualquiera que converse con una máquina. Que use el «como si» cuanto quiera, pero que no pierda la ventanilla: que sepa cuándo ha despegado y decida, respondiendo por ello, dónde vuelve a tierra. Pero me queda una sospecha para otro día. Aunque la realidad nunca nos diga del todo lo que es, a veces, cuando la pala choca con algo, nos dice con bastante claridad que no. Y ese no merece pensarse aparte.
- Javier Marías, Negra espalda del tiempo, Barcelona, DeBolsillo, 2006, p. 17. Sobre la lectura de Todas las almas como autobiografía, pp. 23-24. ↩
- Javier Marías, Negra espalda del tiempo, pp. 17-18. Las tres citas de este párrafo, y los dos ejemplos del «como si» y del «se puso hecho una furia», salen del mismo pasaje. ↩
- Javier Marías, Negra espalda del tiempo, p. 18. ↩
- La frase circula como consigna, pero Nietzsche no la publicó: sale de una nota de cuaderno de 1886-1887, escrita contra el positivismo. Friedrich Nietzsche, Fragmentos póstumos, vol. IV (1885-1889), ed. Diego Sánchez Meca, trad. Juan Luis Vermal y Joan B. Llinares, Madrid, Tecnos, 2.ª ed., 2008, p. 222, fragmento 7[60]. ↩
- Paul Ricoeur, La memoria, la historia, el olvido, trad. Agustín Neira, Madrid, Trotta, 2003, pp. 213-215. ↩
- Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, trad. Alfonso García Suárez y Ulises Moulines, Barcelona, Crítica / México, Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM, 1988, § 217. ↩
- Ludwig Wittgenstein, Investigaciones filosóficas, §§ 202 y 241. El propio Ricoeur acerca el testimonio a las «formas de vida» de Wittgenstein: La memoria, la historia, el olvido, p. 216, n. 27. ↩
Cuéntame