Deja que te cuente: sobre cuidar, curar y diagnosticar

Conocer y narrar nacieron de la misma necesidad de dar sentido al mundo. – Carlos Girón. Caballito de mar de origami en acuarela flotando en el centro de unas ondas concéntricas doradas, sobre un fondo crema mantequilla con un cielo en grafito arriba

Hay una famosa anécdota que encontramos en los textos fundacionales del psicoanálisis y que se esconde en ellos como una semilla en el corazón mismo de esa teoría. Es precisamente Sigmund Freud quien lo cuenta en primera persona, nos dice en el historial clínico de la señora Emmy von N.: «Tres días antes, cuando empezó a quejarse de su miedo al manicomio, yo la había interrumpido tras su primer relato de que allí a los enfermos los ataban a unos asientos. Noto que así no consigo nada, que no puedo ahorrarme el escucharla en cada punto hasta el final». El aviso no le alcanza. Tres días después vuelve a interrumpirla, y esta vez es ella quien se lo dice de frente, con un fastidio que Freud registra tal y como ha acontecido: «Y hete aquí que me dice, con expresión de descontento, que no debo estarle preguntando siempre de dónde viene esto y estotro, sino dejarla contar lo que tiene para decirme»1.

Ahí, en ese reproche tan espontáneo, está ya toda la distinción que me interesa para compartir contigo hoy. Freud pregunta por el origen porque quiere una causa, un punto fijo en el mapa donde clavar el miedo antes de tratarlo. Emmy von N. le pide otra cosa, ella quiere que la deje narrar a su propio ritmo, con sus propios saltos, sin que cada frase suya se convierta en la ocasión de una pregunta suya. Sabe, antes que su médico, que entender no es lo mismo que interrumpir para verificar. Hay incluso algo más fino debajo del reproche, a saber, que preguntar «¿de dónde viene esto?» buscando una causa que confirme lo que uno ya sospechaba se parece más a pedir que a preguntar. Sobre esa distinción he hablado ya antes, a propósito de Gadamer, en La respuesta oculta, decía ahí: «preguntar de verdad es arriesgarse a que aquello que aparezca te cambie. Si no estás dispuesto a eso, no estás preguntando: solo estás pidiendo confirmación con palabras más elegantes»2. Quizá Emmy von N. no le pedía a su médico que dejara de preguntar. Quizá lo que necesitaba era que Freud preguntara de verdad, escuchándola, y no como una máscara que busca confirmación de la hipótesis que ya le rondaba en la cabeza.

Mi ejercicio como psicoterapeuta bebe de esta idea y es, por tanto, un acompañamiento filosófico que nace precisamente de esa misma sospecha. No es un sustituto de la terapia psicológica, y menos de la psiquiátrica: es otra cosa, una vía de autodescubrimiento que acompaña a alguien a través de sus propios principios, con las preguntas como única herramienta. Pero para entender qué clase de herramienta son estas preguntas conviene no quedarse en el uso corriente de tres palabras que hoy viven repartidas en despachos distintos: cuidar, curar, diagnosticar. Es necesario demorarse en ellas para mirar de dónde vienen.

La palabra latina cura tiene dos sentidos que conviven sin pelearse. Uno es el cuidado, la ocupación de algo o de alguien; el otro es el encargo de administrar una cosa pública, el mismo que da nombre al cura de una parroquia, por ejemplo. Ocuparse filosóficamente de alguien reúne los dos sentidos sin estar obligados a escoger: es cuidar de la persona con sus principios, sus valores, sus ideas, y es también, en la medida en que una vida más armónica repercute en su entorno, un pequeño encargo público. Me explico mejor. La cura toma al individuo para ayudarle a estar mejor y, si eso sucede, su bienestar tendrá un eco en su entorno. Por lo que toda cura, por más singular e individual que sea, termina haciendo ondas en el estanque de lo público. La palabra cuidado, por su parte, desciende del latín cogitatus: reflexión, pensamiento. Cuidar, en su raíz y contrario a lo que hoy pensamos, no es simplemente aplicar un remedio. Es más bien pensar con alguien, ponerle los reflectores encima al problema para poder mirarlo de frente en vez de a través de él.

La medicina completa el mismo dibujo con su raíz latina. Mederi significa cuidar, curar, tratar, y de ahí sale la palabra que hoy reservamos casi en exclusiva para lo clínico. Pero mederi comparte raíz indoeuropea, med-, con medir: tomar la medida adecuada. De ahí que medicina esté emparentada con moderación, con modestia, con meditación, y sin duda no es por casualidad. Para los griegos antiguos la salud era un equilibrio de humores, y el médico era precisamente quien sabía devolver la medida justa cuando algo se había excedido. Medir, entonces, no nació separado de cuidar. Nació como su instrumento, no como su sustituto, y ahí empieza el problema que me ocupa: qué pasa cuando el instrumento se queda solo.

El diagnóstico guarda su historia en otra raíz, y es la que más me importa aquí. Diagnosis, en griego, es distinción o discernimiento, y detrás asoma gnosis, conocimiento. Pero el conocer tiene un pariente latino que casi nunca se le atribuye: del conocimiento (gnosis en griego, (g)noscere en latín) derivamos a gnarus —el que sabe, el experto—, de donde nace (g)narrare. Conocer y narrar comparten así el mismo tronco indoeuropeo. Narrare no es otra cosa que hacer conocer a alguien algo contándoselo. El diagnóstico, entonces, no debería ser medir a alguien desde fuera hasta obtener un número que lo resuma. Debería ser, por el contrario, ayudarlo a construir el relato que hace comprensible lo que le pasa, porque conocer y narrar, antes de que la medicina los separara en salas distintas, nacieron de la misma necesidad de dar sentido al mundo.

Esa distinción, que en el consultorio de Freud solo enfrentaba a un médico con su paciente, hoy tiene un adversario más amplio y más silencioso: la costumbre de traducir a la persona en dato antes de escucharla. Ya lo pensaba en La respuesta oculta, aunque ahí las máquinas son las protagonistas y no los médicos. Así que en ese contexto un desacuerdo humano termina diagnosticado como baja performance. Y en otra página del mismo libro digo: «convertir a alguien ausente en una etiqueta o en una puntuación no es un gesto neutral, aunque el resultado parezca objetivo»3. La reducción no la inventó la inteligencia artificial, pero la ha industrializado. Ya antes, en otro trabajo, había señalado mi propia sospecha frente a la transparencia total: «el secreto y el misterio no informan, no son un tipo de información, por lo que no pueden ser accesibles como mero dato»4. Ahí dialogo con Byung-Chul Han, y su frase explica mejor que la mía por qué el dato nunca podrá sustituir al relato: «las informaciones son aditivas, no narrativas. Pueden contarse, pero no narrarse»5. Contar y narrar: la misma frontera, exactamente, que la medicina abrió entre noscere y narrare, dos mil años antes de que existiera un formulario.

Pero no hay que exagerar la acusación al dato: un análisis de sangre sigue siendo, con toda razón, una medida, y a nadie en su sano juicio se le ocurriría pedirle que en vez de un número le devolviera un relato. Pero el acompañamiento filosófico no trabaja con sangre. Trabaja con lo que alguien todavía no termina de entender de sí mismo, y ahí medir sin narrar es diagnosticar en falso: se obtiene una etiqueta precisa de algo que nunca se llegó a conocer de verdad.

Freud tardó tres días y una queja de su paciente en empezar a aprenderlo. La pregunta «¿de dónde viene esto?» no estaba mal hecha, más bien estaba mal colocada. Preguntar bien, en el acompañamiento filosófico como en cualquier diván, no es abrir de golpe toda la luz sobre alguien hasta dejarlo sin una sola sombra propia. Es abrir apenas el claro suficiente para que su narración empiece a caminar sola. Lo demás, la causa, el origen, el nombre técnico del malestar, puede esperar mientras la persona termina de contar lo que tenía para decir. Precisamente por eso en mi práctica, escuchar es cuidar.

  1. Sigmund Freud, Estudios sobre la histeria (1893-1895), Obras completas, vol. 2, trad. José Luis Etcheverry, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 2007 [1895], pp. 83-84. ↩
  2. De La respuesta oculta, de próxima publicación. ↩
  3. De La respuesta oculta, de próxima publicación. ↩
  4. Carlos Girón, Cuerpo y territorio, versión revisada de su tesis doctoral, inédita. ↩
  5. Byung-Chul Han, No-cosas, Madrid, Taurus, 2021, p. 16. ↩

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