¿Qué me recomiendas?

«Se puede pedir confirmación con un signo de interrogación, pero también se puede preguntar de verdad con un imperativo.» Perro de origami en acuarela mirando una hoja de papel que vuela en un cielo dorado y grafito, sobre fondo crema.

Quizá te ha pasado alguna vez que visitas un restaurante, miras la carta y nada termina de convencerte. El camarero se acerca entonces con su mejor actitud a tomarte nota, pero tú todavía no sabes bien qué es realmente lo que quieres. Se te ocurre entonces que puedes preguntarle: ¿qué me recomiendas? El camarero buscará dentro de sí ese punto en el que las opciones del menú se encuentran con sus propios gustos, con lo que seguramente a él mismo le ha abierto el apetito. Puede que, de manera más mecánica, responda de acuerdo con una directriz previamente discutida con su jefe para destacar algo en particular ante ese tipo de pregunta de los comensales. Sea cual sea la respuesta, ¿te ha pasado que después de escucharle te quedas con lo primero que te había llamado la atención en la carta?

No es que tengamos ganas de ignorar las recomendaciones, ni que queramos poner a prueba al camarero para medir su conocimiento del menú. Aunque he de decir que si la respuesta que recibo es un «no sé» o algo con desgano, entonces sí que algo dentro ya me hace estar menos cómodo en el lugar. Pero más allá de esta experiencia personal, lo que suele pasar es que cuando hacemos la pregunta por las recomendaciones quizá lo único que necesitamos es más tiempo para decidir. Por eso escuchar una serie de opciones que no nos convencen nos empuja a refrendar lo que en silencio intuimos con nuestra primera mirada a la carta.

¿Es un fracaso del camarero? Para nada. Lo que ha pasado ahí es que mi disposición interna no era la de estar abierto a escuchar nuevas opciones, sino más bien a confirmar lo que ya me ronda la cabeza. No hay maldad en ello, por supuesto. Es un simple mecanismo que puede verse en más de una situación. Porque también podría pasar que un día esté de tan buen humor que sea lo que sea que me den me vendrá bien. Entonces le diré al buen camarero: «trae lo que más te guste a ti». Puede que, en una feliz coincidencia y gracias a mi particular estado de ánimo, ese plato se convierta en uno de mis nuevos favoritos. Lo que cambia, entonces, es mi estado interno, mi disposición anímica.

Ya Heidegger destacaba la diferencia entre un mero estado de ánimo y una disposición afectiva. La segunda, para no marearte, es precisamente el lugar desde el cual nos relacionamos con el mundo y nos abrimos (o nos cerramos) a él. La palabra clave es disposición. Si nos sumergimos en su sentido encontraremos que estar dispuestos es estar estructurados de una manera determinada, es decir, que respondemos ya a una organización u orden que determina nuestra experiencia. Para mostrarlo con una imagen: no es lo mismo estar en los asientos de en medio de la montaña rusa que en la primera fila. Si te gustan estas cosas tanto como a mí comprenderás que el arrojo que supone el sentarse en la primera fila es una garantía de tener una fuerte dosis de adrenalina en las pendientes. Eso no significa que los demás no la sientan, pero solamente el que está ahí es el que ve el borde, el abismo y se suspende por un momento ante él antes de precipitarse a toda velocidad en el recorrido.

Tener una disposición afectiva u otra, ubicarse en un punto o en otro de la estructura, cambia la experiencia. Si me encuentro en la duda y la incertidumbre cuando hablo con nuestro amigo el camarero, sus respuestas me dirán una cosa. Si, en cambio, me encuentro en el arrojo y la apertura a experimentar, entonces sus palabras tendrán otro efecto en mí. De nuevo, ninguna de las dos experiencias es mejor que la otra (aquí no entramos en el análisis heideggeriano). Se trata, para efectos de estas líneas, de dos experiencias distintas.

Tenemos entonces que en el primero de los casos lo que parece estar sucediendo es que estoy pidiendo confirmación. Pregunto por una recomendación, sí, pero en el fondo estoy pidiendo que me confirmen que mi intuición inicial está bien encaminada. En la segunda experiencia pasa algo diferente. Mi disposición afectiva ahí me lleva a arrojarme a ese vacío que no es sino el de las posibilidades completamente libres y abiertas. No he determinado nada de antemano, sino que me dejo guiar por lo que el otro quiera ofrecerme desde su muy personal y singular criterio. Soy consciente de que hay un sesgo cultural que nos llevará a darle más valor a esa segunda apertura, pero créeme que no hay nada de malo en preguntar como una forma de pedir confirmación. Lo importante, al menos para mí, es saber dónde estás parado. En otras palabras, no ir con los ojos vendados y que de pronto te pillen en el primer asiento de la montaña rusa cuando tú no querías estar ahí realmente.

El camarero te puede mirar

El camarero, al menos, puede notar en tu cara que ya habías decidido o que lo que dijo no hizo mucho eco. Pero una máquina no ve nada de eso: solo lee cómo has escrito lo que has escrito, y responde a esa forma. Hoy hablamos más con máquinas que con camareros. Por eso, cuando dialogamos con un LLM (un modelo de lenguaje, de los que están en la base de lo que hoy conocemos como IA generativa), esta sorpresa de encontrarte en un sitio distinto al que pretendías o querías pasa con mucha frecuencia. Lo que pasa es que la primera de las situaciones es una pregunta que en realidad esconde un pedir que, en este caso, es de confirmación. El lenguaje nos delata muchas veces en esta práctica. Cuando le decimos a alguien «me veo bien, ¿verdad?», la verdadera pregunta es: ¿estamos realmente dispuestos a escuchar una respuesta negativa o estamos haciendo una pregunta retórica? Lo que descubrimos con esto es que se puede pedir confirmación con un signo de interrogación, pero también se puede preguntar de verdad con un imperativo. La segunda de estas opciones se da cuando le decimos a alguien algo como: «dime la verdad porque es muy importante que siga un código de vestimenta apropiado». Aquí hay instrucción, imperativo, pero en el fondo late una pregunta auténtica y abierta tanto al sí como al no.

Con esto no estoy diciendo que siempre que hablamos con una IA queremos que nos dé la razón. Lo que digo es que esto pasa muy frecuentemente porque el lenguaje nos traiciona. Intentar conseguir el resultado esperado a partir de una instrucción o, como le llamamos hoy prompt, es embarcarse en una tarea que requiere irremediablemente de claridad sobre a dónde quiero llegar. Mira el ejemplo de antes: entre el me veo bien a secas y la instrucción que da contexto del código de vestimenta hay una diferencia fundamental, a saber, que la segunda sabe exactamente a dónde se dirige. La primera quiere confirmación, y en ese sentido también es clara. Pero le vale cualquier respuesta siempre y cuando su sensibilidad sea recogida y reconocida. La segunda, en cambio, tiene un contraste con una realidad exterior que depende menos de la subjetividad de alguien.

Sócrates, siempre mal citado

Para entenderlo con nuestro ejemplo de la montaña rusa podemos decir que es la diferencia entre saber que quieres estar en primera fila y que de pronto te veas atrapado en un sitio donde no querías estar. Aquí, ya para ir cerrando, recordamos aquella famosa frase atribuida a Sócrates: «Yo solo sé que no sé nada». Lo que en realidad podemos leer en la Apología, texto de Platón de donde se extrae esta versión con mejor marketing, es:

«Es probable que ni uno ni otro sepamos nada que tenga valor, pero este hombre cree saber algo y no lo sabe, en cambio yo, así como, en efecto, no sé, tampoco creo saber.»

Platón, Apología de Sócrates, 21d, trad. Julio Calonge Ruiz, en Diálogos I, Madrid, Gredos, 1981.

La diferencia está en la estructura, en el orden de las cosas que marca una distancia entre Sócrates y ese otro con el que dialoga: el otro cree saber y no sabe, Sócrates tampoco sabe pero no cree saber. Eso es una disposición. Uno se abre a la posibilidad y el conocimiento partiendo desde su conciencia de lo que no sabe, mientras que el otro pretende avanzar sin mirar lo que ignora. Es, en otras palabras, como afirmar que la adrenalina es la misma en el asiento de en medio y cerrando los ojos que estando en primera fila, abriendo los brazos y mirando el abismo sin nada más delante. Lección adicional: la frase más famosa funciona bien, pero siempre es mejor consultar la fuente original. Esto es algo que nos sigue tocando a nosotros hacer o, al menos, pedir de manera explícita.

Así que la próxima vez que le pidas al camarero que te recomiende algo te puedes preguntar: ¿lo hago desde la disposición a escuchar cualquier respuesta o simplemente estoy pidiendo confirmación? Entonces comenzarás a vivir en primera fila la diferencia entre pedir y preguntar. Si quieres llevarlo a un terreno más concreto llévate este prompt y pégalo después de haber tenido un diálogo con tu IA de confianza o dándole algo que hayas escrito (quizá ese mensaje que no sabes por qué ofendió a alguien más): «Evalúa este texto. No tomes en cuenta nada de lo que sabes de mí y dime qué estoy dando por supuesto, qué estoy comunicando y cuáles son las posibles lecturas que haría alguien de mi mensaje». Cuando veas la respuesta entenderás mejor a Sócrates cuando decía que lo mejor es no creer que sabemos. ¿Te animas a contarme lo que te respondió? Te leo.

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